Estamos en racha

Hace tiempo, una noche de luna llena, me subí a la azotea a escribir. La brisa me traía ese olor a jazmines y damas de noche tan peculiar en esta tierra. La luna esa noche tenía ganas de hablar, de contar historias pasadas. El relato que salió ha sido premiado con un diploma por la cofradía de la dieta mediterránea en su Certamen de Relatos de la Dieta Mediterránea. En diciembre, se publicará en la revista Soria Salud junto con los otros ocho relatos ganadores.

Yo, me adelanto por vosotros y comparto en este medio para los que no lo podáis leer en la revista mi relato premiado. Aquí va. Un abrazo a todos.

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La curandera

El siete de marzo de 1937, Severino, el hijo primogénito de Gabina, cayó gravemente enfermo. Una fiebre constante y alta le hacía delirar, dejando su cuerpo empapado en sudor, entre estremecimientos y espasmos. La nieve de aquellos meses de invierno tenía asediados a los habitantes de aquel pueblo de la sierra, Carrascosa.

Gabina tenía miedo. Hacía un año que su marido había desaparecido juntos con otros jóvenes tras la capa blanquecina de la niebla, para luchar en el frente. Atrás quedaban siete retoños y un alma en pena. Desde entonces, el invierno se había instalado en su casa. Gabina estaba sola, en su particular guerra. Por eso rezaba sin cesar, pidiendo a Dios, a la virgen y a todos sus santos protección y arropo.

A las seis de la tarde de aquella noche oscura sonó la aldaba de la puerta entre el murmullo de los rezos de la madre y los lamentos susurrantes del pequeño. Gabina agarró el candil y se dirigió lentamente escaleras abajo. Al salir de la cocina, percibió el frío del resto de las estancias, un aire helador se adhirió a su joven, pero agrietada cara. Su mano temblorosa sostenía a duras penas el candil, cuya luz tiritaba dejando la habitación en una penumbra intermitente, que hacía más peligrosa la bajada de la estrecha escalera de madera. Gabina descendía agarrada con su mano derecha a la gruesa cuerda que hacía las veces de barandilla. La madera, contraída por el frío, se lamentaba quejumbrosa. Dio el último paso y alcanzó a pisar la fría piedra de la entrada. A medida que avanzaba, el hielo que descansaba tras la roída puerta, colaba su gélido aliento por las rendijas. La encogida silueta de Gabina se veía reflejada en las húmedas paredes que parecían derramar lágrimas congeladas a su paso. El negro y el naranja tenue teñían aquella escena. Olía a invierno. A humo y a escarcha. A llanto y desesperanza.

Gabina abrió la puerta, tras ella tiritaba una silueta pequeña envuelta en una manta. Felisa, la pastora, se había apresurado al monte en busca de una oveja descarriada. La noche se le había echado encima y era demasiado tarde para regresar a su casa. Pidió cobijo a Gabina quien, mirando al cielo, dio gracias a sus santos por haber escuchado sus plegarias.

El monte había regalado a Felisa el don de la sanación así como lo había hecho con su madre, la madre de su madre y todas las madres de las madres de su familia. Contaba Felisa que sus ovejas y la sabia naturaleza le habían enseñado todo lo que ella sabía. A los siete años se perdió en el monte una noche, estando de pastoreo. El frío comenzó a helarle las manos y los pies, ya no sentía las yemas de sus dedos. Sin dudarlo un instante, Felisa degolló una oveja y la abrió en canal para poder dormir en sus entrañas con el calor de su sangre. La vieja oveja y su ingenio le habían salvado la vida. Aquella noche glaciar, de inmensa soledad, en medio del infinito universo, su conexión con la naturaleza comenzó a cobrar sentido. La Madre Tierra le habló, transmitiéndole conocimientos y remedios que nadie más conocía. Y Felisa, que había heredado ese don de su madre, de la madre de su madre y todas las madres de las madres de su familia, comenzó a sanar.

El siete de marzo de 1937, el viento trajo a Felisa las súplicas de Gabina. Subieron a la cocina, se acercó al pequeño, tocó su frente, miró sus ojos y la palma de sus manos. -Este hijo no está para morir, si es lo que temes. En tres días, sanará- afirmó con rotundidad. Ella sabía cómo hacerlo.

Pasaron tres días al calor del hogar, mientras Felisa cantaba y contaba historias de bosques y tierras, de penas y glorias. Tradiciones y costumbres. Cuentos y chismorreos. Algunos reales, otros inventados. Aquella mujer rellenita y risueña parecía venida de otro mundo ajeno a aquella guerra, a aquel frío. La profundidad de sus ojos, su penetrante mirada y la expresión de su rostro, iluminaron la estancia. Las palabras de Felisa resonaban en las paredes que habían secado sus lágrimas congeladas. El gélido aliento del hielo se había evaporado y toda la casa dejó de oler a invierno. Ya no olía a humo ni a escarcha. Tampoco a llanto ni a desesperanza.

El diez de marzo de 1937, Severino se curó. Nunca más sentiría el frío corriendo por sus venas.

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Finalista VIII Premio Internacional Relatos de Mujeres Viajeras 2016

Hoy tengo el gran placer de contaros que he sido finalista en el VIII Premio Internacional Relatos de Mujeres Viajeras 2016, en el que se han presentado más de un millar de relatos de todo el mundo.

Se llama Filtros, aquí lo comparto con todos vosotros. A disfrutar.

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Filtros.

La luz de Tombwa es particular, de esas vergonzosas que se esconden tras el manto blanquecino de las nubes, creando una luz monótona y con efecto somnífero para quienes viven allí. La perspectiva se convierte en la mirada estrecha que queda en los ojos entreabiertos, como si éstos solo quisieran mirar de frente, cerrar su ángulo de visión y enfocar lo verdaderamente importante. Es ese cielo, que cubre el desierto de Angola en sus costas, el responsable de todo. Parece que ya no quiera mirar más, que quiere ceder a la imagen un color apagado y mate que no da lugar a juegos de luces y sombras.

Me acabo de despertar y siento como si en mis ojos me hubieran puesto un filtro que mata lentamente las tonalidades más atrevidas, dejándolas silenciosas. Quizá antes de aquella guerra absurda que revolvió el país durante más de veintisiete años, los colores brillaban libremente por este paraíso marchito, pero hoy la luz se ha vuelto monótona y aburrida, e ilumina las mañanas y las tardes con la misma intensidad.

Cierro los ojos de nuevo para acostumbrarme a esta densidad blanquecina. Al escenario borroso, hay que añadirle toda una amalgama de olores de pescado. El fresco olor a salitre, adherido a las escamas de los peces que aún coletean en las redes, se mezcla con la fuerte pestilencia del pescado seco que cubre las calles de Tombwa, y sirve de hogar al ejército de moscas que vuela a su alrededor. En las redes posan todos los rostros de la descomposición.

Salgo a la calle para inmortalizar lo que ya está muerto. Las casas, herencia de la decadencia que sufrió este país cuando muchos portugueses lo abandonaron precipitadamente por la inminente guerra, se mantienen dignamente levantadas con el rostro triste y empobrecido de un hogar que no se habita. Tras sus paredes rasgadas, se intuyen los colores vivos de una casa colonial. Sus verjas oxidan recuerdos y lloran hierro al sentirse desoladas.

Tombwa es el escenario triste de la supervivencia de unos cuantos ancianos, mujeres y niños a la sádica e irracional guerra que rasgó el país de cuajo. Faltan hombres y sobran agujeros de bala donde quiera que mires. Allí, el tiempo parece detenerse a cada minuto, solo el ritmo lento e imperceptible de sus habitantes vienen a recordarme que el sol continúa girando. Sin embargo, contra todo pronóstico, este lugar se convertiría en el plató más peculiar para acoger una de las mejores historias de mi vida de cooperante. Un pasado que marcó mi presente.

Esa misma mañana, cuando colgaba en mis hombros mi cámara y deambulaba ansiosa por congelar una imagen buscando realidades, me tropecé de frente con quien me abriría los ojos. Me llamo Joaquim Machalombo, me dijo. Y el azabache de sus ojos penetró en mí de manera tan profunda que pude sentir a mi corazón dando un vuelco. A sus diecisiete años, tenía una fuerza arrolladora y un magnetismo especial que arrastraba a todo aquel que encontraba. Su mirada escondía la inocencia de una niñez truncada y la esperanza de un alma pueril y sin maldad, que vivía atrapada en un cuerpo enredado. Sus piernas eran un ocho y sus brazos se torcían hacia afuera como queriendo irse de allí. Una enfermedad le había dejado acurrucado y postrado en aquella silla rudimentaria, hecha por su abuelo con algunos materiales que había ido recogiendo a lo largo de los años. -Dale a un africano un coche viejo y te lo arreglará, dale uno nuevo y te lo estropeará-, me habían dicho mis amigos angoleños en días anteriores. Miré a la silla, frente a mí se hallaba la prueba más evidente de que aquello era verdad. Joaquim amarraba su oxidado manillar para hacerlo girar y poder avanzar a duras penas a través de las calles arenosas del desierto. Quise ayudarle. Él me miró sonriendo y me dijo que no hacía falta. Ya estaba acostumbrado y cuando se cansaba tenía un séquito de niños que correteaban tras él para empujarle. A paso lento comenzamos a recorrer las calles de Tombwa, para descubrir a través de sus ojos el lugar que le había visto crecer y que, muy probablemente, le vería morir.

La arena, testigo chivato de nuestros pasos, delataba las huellas de unas botas que caminaban paralelas a los dos pequeños surcos que formaban las ruedas de la silla y a las decenas de pies diminutos de todos los niños que nos seguían. Avanzábamos despacio, el paisaje parecía aguardar nuestros pasos, mientras Joaquim con su sonrisa intermitente y su voz profunda y fuerte improvisaba canciones que me contaban su historia.

Con el caminar sereno, repleto de poesía, llegamos a su casa, alzada con cuatro paredes de hojalata. Entramos. La oscuridad invadía el interior. Cuando mi vista comenzó a acostumbrarse a la penumbra, pude intuir un catre donde dormía encorvado un anciano. Era el abuelo de Joaquim. A su lado yacía lánguido otro catre donde dormían tres niños. El resto descansaba en el suelo. Joaquim avanzó un poco y me invitó a sentarme frente a su abuelo, quien a su vez se incorporó con el gesto sumiso y humilde de quienes creen que nada merecen. Sus ojos miraban al suelo. A pesar de no tener ninguna marca en su rostro, se podían percibir claras y transparentes sus cicatrices de guerra y las huellas del sufrimiento de una familia de nueve hijos, desgarrada por la absurda avaricia de aquellos que intercambian dinero por vidas humanas. El abuelo me sonrió, y aquella sonrisa llenó de luz la habitación. Era él quien se había quedado a cargo de sus cinco nietos supervivientes de la guerra. Los otros hijos y su padre fueron arrastrados a luchar y nunca más regresaron. La madre había muerto de pena, según contaba el abuelo. Me relató paso a paso las penurias que habían tenido que afrontar, el desaliento y el hambre. Puso palabras al miedo y a la desesperanza. Sin embargo, tras su cruda historia se escondía un alma alegre, tenaz y superviviente que había tratado de encontrar entre aquel escenario bélico lo más puro de vivir.

El abuelo había aprendido a disfrutar de lo pequeño, de lo casi imperceptible. Así se lo había trasladado a sus nietos. Como profesor de escuela que había sido, amaba las letras y las palabras y esa pasión se palpaba en Joaquim, quien había heredado el mismo amor, la misma pasión y había aprendido a ponerle música a su vida.

Salimos fuera, Joaquim me mostró un trocito de tierra que para mí no significaba mucho, sin embargo, para él, ese pedacito era donde trazaba sus sueños. Su abuelo le había enseñado a escribir. Como pizarra, aquel suelo de arena y como tiza, un palo. Me quedé mirando aquel anodino cuadrado y comencé a imaginar a Joaquim deslizando su cuerpo para escribir unas letras, pisando la tierra para pedirle inspiración al aire. Pero Joaquim no necesitaba inspiración, era de aquellas personas que viven siempre conectados a esa extraña energía. Tenía la capacidad de lanzar susurros al cielo y éste parecía responderle con la inspiración divina. Pude salir de mi perplejidad al escucharle cantar y recitar poesías. Qué dulzura en medio de aquel lúgubre ambiente que tanta desgracia había acogido. Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta caer a la arena, a su pizarra. Y Joaquim, supo convertir mi llanto en un canto de esperanza. Se sentó en el suelo y con aquella gota dibujó un árbol de donde salían flores.

¿Ves? Me dijo el abuelo, sólo es cuestión de apreciar lo pequeño.

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 Si queréis comprar el libro, sólo tenéis que cliquar aquí y ya es vuestro.

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Yo ya tengo el mío y es una delicia.

 

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Lady Warren. Una historia que no debes perderte

Hace unos meses salió a la luz, la novela Lady Warren en versión española, editada por Ediciones Casiopea y traducida y adaptada por Marta Sarramián, osea, yo misma.

Este libro es el primero de una saga de relatos de mujeres viajeras de los siglos anteriores. Historias apasionantes y sorprendentes y más cuando muchas de ellas fueron pioneras en emprender viajes transcontinentales que implicaban ciertos riesgos y aventuras. Hasta el momento, he tenido la gran suerte de traducir un par de ellos y, a pesar de las dificultades del lenguaje de esa época y algunas referencias culturales que me costó entender, he conseguido viajar con ellos en el espacio y, sobre todo, en el tiempo, viviendo situaciones que tengo la certeza que ya no volveremos a repetir en el siglo XXI. Leer, amigos, es viajar, es volar y trasladarse allí donde las palabras y la imaginación te quieran llevar. Es más que un simple hecho relajante, puede suponer una desconexión de tu realidad para abstraerte y adentrarte en ti mismo. Y es este lugar, el más mágico de todos a los que se puede llegar.

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Os invito a leer, y dejaros llevar por vuestra intuición, no por lo que otros os hayan aconsejado. Seguro que el libro que tenéis en vuestras manos es justo el que teníais que tener!!!

Pero, por si acaso queréis algún consejo de qué leer este verano, os adjunto una reseña de Lady Warren.

http://palabrasquehablandehistoria.blogspot.com.es/2016/07/de-argelia-tunez-en-moto-lady-warren.html

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¿Qué precio tiene la ñ?

Me siento a meditar como tantas otras tardes. Ante mí, los tonos platas marinos del atardecer. Cierro los ojos, ahora son otros sentidos los que comienzan a cobrar fuerza. A mi izquierda se oye una gaviota graznar, a mi derecha el revolotear nervioso de las golondrinas, una paloma se introduce en esta orquesta sinfónica. La suave brisa acaricia mi piel. Me siento bien.

Tomo consciencia de donde estoy. La casa que se alza a mi izquierda es un hotel regentado por unos ingleses que increíblemente y a pesar de sus increíbles vistas y sus lujosas instalaciones, siempre está vacío. A mi derecha una casa vieja que sus nuevos dueños, otros ingleses, van a demoler en breve y a su lado, otra casa recién estrenada por otros extranjeros de mucho cemento gris, blanco y poco verde.

Respiro, intento concentrarme, hay luna llena y es un gran día para meditar. Quiero sentir el oxígeno entrando en mi cuerpo. Me siento bien, muy bien. Vuelvo a respirar y de pronto un olor intenso a fritanga de aromas internacionales cubre todo el aire fresco que sentía hace tan solo unos segundos. Es el mismo olor a fritanga que se cuela cada tarde por los recovecos de mi ventana. Pido que soplen los vientos hacia otro lado, pero de nada serviría porque otras fritangas entrarían empujados por los aires norteños, quien sabe si más desagradable que este.

Me invito a mí misma a callarme y concentrarme, intentado obviar este olor, sin embargo, me resulta imposible con tantos restaurantes como hay en esta calle. Entonces comienzo a concentrar mi mente en los ricos aromas de mi infancia, cuando la calle olía a puchero, papas, tomate o pepino recién cortado, a ensalada fresca y hierbabuena, a la frescura del mar y su sal. Esa seña de identidad que marcaba nuestra tierra. Por más que busco en los recovecos de mi memoria, la fritanga es más fuerte y consigue penetrar hasta las entrañas de mi mente, su densidad apestosa borra mi pasado y me trae un presente que me gusta tan poco como su olor. Los posos del aceite recalentado una y otra vez se clavan en mi corazón, gritándome arrogantes que ese pasado romántico que tanto añoro está condenado a su desaparición, que ya nada volverá a ser como antes. La fritanga se ríe en mi cara y me sugiere que comience a olvidarme de cuando esta calle estaba habitada por marineros que faenaban, vivían y sentían el mar como ya nadie lo hace. Con sus aires pestilentes y engreídos ha venido a instalarse en esta calle para mandar al aroma de los pobres a perfumar otros lugares donde el mar ni siquiera se intuye. Aquí ya sólo viven los ricos norteños que con su dinero todo lo compran, hasta los olores. Hasta la identidad de este pueblo. Este lugar ya nunca volverá a oler como antes, porque aquellas personas que lo poblaban con sus fragancias de jazmín y azahar, ahora dan aroma a los extrarradios, donde han tenido que emigrar porque aquí ya les era muy caro vivir, porque ya no se sentían en su pueblo o porque quizá sucumbieron al perfume del dinero. Los pobres nada saben de preservar sus raíces, el hambre tiene otras prioridades y los ricos se llevaron por cuatro duros el pasado y la historia de una de las calles más bonitas de este pueblo y la cultura fue tras ellos.

Abro los ojos, imposible concentrarme. Solo el mar con su luna consigue diluir el olor condensado de ingredientes lejanos. Pocas casas quedan ya habitadas por quienes las levantaron con su esfuerzo y amor. Yo tampoco soy de aquí, pero mi tendencia romántica me empuja en un arranque sin vuelta a preservar lo poco que queda de nuestra esencia española. Sonrío al ver la casa de los familiares de Federico Garcia Lorca y un halo de esperanza se escurre dentro de mí. Esa casita blanca coqueta, con sus cabellerizas, sus ventanas de madera y su pose humilde y sencillo, conserva intacta la esencia de su pasado. Sus dueños han querido conservarla, preservarla porque esa casa es algo más que una casa, está llena de historias de quienes la habitaron un día. Vuelvo a sonreír al contemplar su delicada belleza. Quizá no sea demasiado tarde para conservar también nuestro acento, nuestra ñ y sus aires de jazmín. Quizá el duende simplemente se ha escondido. Quizá si nos conociésemos más, si supiésemos algo más sobre nosotros, aprenderíamos a querer y apreciar lo que somos y tenemos y no nos venderíamos a cualquier precio. Quizá con un poco más de conocimiento todo vuelva allí donde siempre ha tenido que estar. O quizá no, ¿quién sabe?

A todos ustedes, señores que vienen de fuera, la ñ, nuestra ñ, no se vende. Que sepan que para muchos de nosotros, nuestra identidad no tiene precio. España es un pack completo. Muchas veces me ha embargado la sensación de saberme no querida en mi propio país. Hay tanta gente que recala en nuestra tierra en busca de sol y playa, -lamentablemente, todo hay que decirlo, con un nivel cultural que deja mucho que desear y que dice mucho del precio al que nos vendemos-, a quienes les sobramos los españoles. Solo hay qye ver los miles de extranjeros que viven en España desde hace muchos años y no son capaces de hablar ni una sola palabra de español, prueba más que evidente de su escaso o nulo interés por integrarse en nuestra tierra. No quiero yo pensar qué pasaría si un español decide irse a Londres y no aprender una palabra de inglés. Y nosotros, los pobres, que no nos queremos, y que mendigamos dinero, aprendemos rápido a hablar inglés, alemán, francés y pronto ruso y sueco, para que no se nos escape la fuente de este dinero fácil, sin pensar un minuto las consecuencias de esta entrega generosa e inconsciente que forma parte de nuestra forma de ser y nuestra hospitalidad. Pero sí que tiene un precio, que ni siquiera nosotros sabríamos estimar. No quiero vender mi tierra a quienes porque yo no estoy en venta y yo soy esta cultura, estas raíces, este aroma. Yo soy ajo y perejil, laurel, tomillo y romero. Miro la luna blanca resplandeciendo entre naranjas, violetas y grises. Y me viene a decir que no hay venta sin comprador ni compra sin vendedor. Quizá es que España si está en venta.

No hay atardecer que me consuele ante esta reflexión.  El olor a fritanga se intensifica, los extractores de los restaurantes italianos, ingleses, indios y belgas de la calle funcionan a todo gas. Los pájaros han dejado su cántico vespertino, dando paso a las voces de los transeúntes que pululan por la calle. Poco ceceo en la calle, el acento español está detrás de los fogones donde toda esta fritanga se cocina, mientras otras lenguas piden su menú sentados en la terraza con vistas al mar, disfrutando de el sol y el buen tiempo, pero dejando a un lado a quienes hacen de este lugar un paraíso en la tierra. Definitivamente la ñ está en venta y nosotros con ella.

¿Qué especie predominará en los aromas futuros? ¿Desaparecerá por completo el ajo y el perejil? ¿A qué precio vendemos nuestra cultura?

Las campanas de la iglesia dan las diez. Es hora de cenar. Hora española.

Cinco segundos.

Cinco segundos es el título del relato ganador de la XVI edición del Certamen Literario de Relato corto, La Aventura de Escribir. Ayer tuve la suerte de celebrar mi primer premio junto con Carmen María Sabio Moreno y Antonio Manuel Martín Acosta, primer y segundo accesit. Todo un honor compartir con vosotros.

Muchas gracias al jurado y, especialmente, gracias y enhorabuena a La Aventura de Escribir por vuestra tremenda labor y enhorabuena a todos los participantes. Cada vez que se crea una historia haces a la gente navegar por nuevos mundos.

Aquí van mis palabras que ya son todas vuestras.

Cinco segundos.

Dicen que la vida pasa en cinco segundos, el mismo tiempo que tardó en precipitarse al vacío el ascensor en el que iba montado aquella mañana de invierno. Había salido rápido de casa y mis pensamientos recorrían uno a uno todo lo que tenía que hacer ese día. Llevaba, como solía hacer, los ojos abiertos, pero aquellos ojos no veían nada, sólo lograban vislumbrar los oscuros e incesantes pensamientos que habitaban en mi atormentada mente. En mi tenaz obsesión por poseerlo todo, el temor a perder todos los bienes acumulados había convertido mi vida en una sucesión de hechos de los que no tenía el control. Vivía junto con mi mujer y mis dos hijos en un ático situado en la décima planta de un edificio con vistas al Retiro.

Aquella mañana, como tantas otras, salí de mi casa para ir a trabajar. El ascensor estaba abierto, de modo que entré, pulsé el cero y se cerraron las puertas. De pronto se quedó parado, como si se estuviera preparando para su último descenso. Las luces comenzaron a parpadear hasta quedar completamente a oscuras. Mis ojos, esta vez más abiertos que nunca, intentaban vislumbrar qué estaba sucediendo, mientras mis manos tanteaban las paredes buscando desesperadas el botón de emergencia. Con un dedo tembloroso conseguí pulsarlo. Permanecí un rato en silencio, esperando alguna señal que indicara que todo volviera a su cauce. El silencio sepulcral y la más negra de las oscuridades comenzaban a angustiarme. Oí el gemido seco de una pieza que se desquebrajaba y acto seguido, otro rugido metálico. El gancho se había desprendido de la armadura. Entonces lo tuve claro. Y como el que se prepara para el vertiginoso descenso de una atracción de feria, me acuclillé y me agarré al suelo de aquella caja metálica, fría y oscura que me conducía rápidamente a los sótanos de mi existencia. Aquel iba a ser nuestro último viaje. Cinco segundos hacia un destino inesperado y desconocido.

En el primer segundo, ante la certeza de mi muerte frente a mi absurda existencia, lancé un grito desgarrado que contenía todos los nombres de aquellos a los que había amado y todos los buenos momentos vividos, atisbos de una felicidad efímera. Me trasladé a mi infancia de zapatos ajados y bicicleta verde, de risas de amigos en aquel pueblo que había dejado de visitar hacía unos años. Frente a mí, discurrieron aquellas tardes en el plantío a la sombra de unos chopos, el fresco olor de sus hojas y su delicada música. Entraron en escena las voces cantarinas de las mujeres al ritmo de unas manos que frotaban la ropa contra la piedra y sentí el olor a sosa del jabón casero. Olí, también, por última vez el suave perfume de la hierba mojada después de ser bañada por la lluvia, y la frescura de los naranjos en flor en aquellas primaveras que parecían eternas. Y como un niño, sentí las caricias de mi madre y sus brazos que me mecían consolándome las penas. En ese balanceo llegué a mi pubertad de ligues, fútbol y verbenas, a mis primeros cigarrillos y borracheras. Vino a mis labios la torpe suavidad del primer beso, y un dulce cosquilleo me subió desde las tripas, como cuando veía a Carmen, la vecina del quinto que tanto me gustaba.

En el segundo segundo de mi último viaje, rocé mi adolescencia llena de descubrimientos y novedades. Mis primeros escarceos con los placeres de Venus, el aliento de un orgasmo, el olor a pubertad incandescente de un gimnasio, la dulzura amarga de mi primera resaca, el sabor grisáceo de un cigarrillo y la certeza absurda de una condición inmortal inexistente.

En el tercer segundo, mientras atravesábamos la primera planta a la velocidad de la luz, yo llegaba a mi juventud para comerme el mundo a bocados entre universidades, sueños y grandes ideales. La joven rebeldía ante un sistema que no encaja. Con aires de grandeza, pintaba de verde brillante los barrotes de una sociedad obsoleta y oxidada que me estaba encarcelando. Mi rostro rejuveneció al evocar todas las ilusiones que corrían por mi corazón veinteañero. Tenía algo por lo que luchar. Y me detuve un momento para recordar el dulce sabor de un sueño que te hace sentir vivo.

Después del tercero, llegó el cuarto, pero éste vino vacío. Ningún recuerdo. Ni una sola sensación. Ni siquiera un atisbo de lo que podía haber sido y nunca fue. Una luz incandescente y brillante me trajo la evidencia de que el día de mi muerte no iba a ser aquel día en el que me precipité al vacío, sino que fue mucho antes, en el cuarto segundo, cuando casi a mis escasos treinta años había dejado de soñar para dejarme llevar por mis miedos, haciéndome permanecer encerrado en un sinsentido monótono de días y noches en los que había dejado de creer y sentir. Fue entonces cuando mis ojos se cegaron y ya no supe ver de qué color era el mar cuando llovía. La sonrisa permanente de mis veinte se borró dejando paso a una expresión áspera, rígida y perpetua que reflejaba mi estado. Mi rostro acogió una lágrima que atravesó mi mejilla hasta llegar a mis labios. Agua salada con el sabor amargo de lo que quise haber hecho y nunca realicé.

Y en el quinto, llegó el golpe. El estruendo se sintió por todo el edificio y el polvo desenfocó la vida que sucedía allí afuera. Cinco segundos de oscuridad y encierro que me hicieron entender que me había equivocado. Sin embargo, ya no había marcha atrás.

Lloré como un niño y mis ojos se cerraron queriendo ver lo que antes no veían. La luz vino a buscarme para liberar mi alma. Ante mí, discurrieron de nuevo los maravillosos atardeceres en una playa, la amalgama de colores de un amanecer, los campos floridos en primavera, la nieve de las montañas cubriéndolo todo, el arcoíris perfecto después de un día de lluvia, la mirada de mi mujer susurrándome te quiero y la sonrisa de mis hijos perfilada en sus labios. Y una última lágrima atravesó la mejor de mis sonrisas. Mi madre vino a buscarme para mecerme en sus brazos como lo hacía de niño, mientras la negra sombra se colaba entre las luces.

Y me alejé dejando el cuerpo de un hombre ciego entre un amasijo de huesos rotos, sangre, hierro y muerte en vida.

Cinco segundos. Solo pasaron cinco segundos.

Marta Sarramián

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GRACIAS. Estos reconocimientos en un área tan difícil como es la literatura impulsan y motivan para seguir adelante.

Enhorabuena a La Aventura de Escribir por su tremenda labor.

 

Lady Warren. De Argelia a Túnez en moto.

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Con el orgullo de una madre cuando presenta a su hijo, aquí os presento a mi cuarto pequeño. Lady Warren. De Argelia a Túnez en moto. Una traducción/ adaptación de la versión inglesa escrita por Lady Warren, una aventurera que en 1921 recorrió el Norte África en un sidecar.
Lady Warren, autora y protagonista de esta apasionante historia, me ha llevado de viaje con ella por las montañas y desiertos de Túnez y Argelia. Hemos estado de boda, escuchado los cantos de las mujeres del desierto, comido y bebido exquisiteces y otras asquerosidades. Hemos pasado frío y alguna que otra calamidad a bordo de este sidecar que, a veces, nos ha desesperado, pero, sobre todo, hemos llegado allí donde muchos no lo han hecho.
Comienza aquí la primera serie de una colección de relatos de mujeres viajeras y pioneras que, hace ya unos años, se pusieron el mundo por montera para empezar a recorrerlo sin otro equipaje que el deseo de viajar y explorar.
¿Te vienes de viaje? Compra tu billete a la aventura en www.edicionescasiopea.com 
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Os espero en el desierto…

No te vayas

No te vayas,
me gusta tenerte cerca.
Me gustas de siempre,
desde el momento en que te inventé.
Tus fallos, tus imperfecciones,
y como tuerces el ojo cuando enfocas al presente.
Me gustan tus virtudes. Son tan fáciles de amar.
 
No te vayas,
quédate aquí cerca, a mi lado, mientras bebes ese té,
para seguir creándote, inventándote.
 
No te vayas,
para que pueda mirarte aún con mis ojos cerrados.

Ya no me lo pongo. Mercadito solidario

IMG-20160328-WA0026¿Ves esta sonrisa? ¿puedes leer en su ojos la vida?

Se llama Marcos, tiene 12 años y toda la pureza en su corazón. Marcos está afectado por el síndrome de Angelman, una enfermedad rara de las que poco se sabe.

Hace poco le conocí y sólo hicieron falta un par de miradas y unas cuantas sonrisas para cautivarme. Es una de esas personas que llevan la vida en su rostro. Marcos despertó en mí algo que llevaba dormido ya un tiempo y quiero devolverle ese favor que me ha hecho sin apenas darse cuenta. Hoy me muevo y lo hago por él, por su madre Raquel, por su familia y por todas las personas que padecen esta enfermedad. Hoy mis hilos se mueven hacia el Puerto de Santa María, Cádiz, donde vive este duende de ojos de mar.

Y para ello organizaré el próximo domingo 10 de abril un mercadito solidario en Nerja, con todas esas cositas que tenemos por la casa y ya no usamos o no nos ponemos. La recaudación irá a parar a Marcos y su familia. cualquier ayuda que queráis hacer por vuestra parte será bien recibida. Podéis contactar conmigo en marta@martasarramian.com o en el grupo de facebook El Sexto Sentido, donde encontraréis más información.

Os adjunto la información de este mercadito solidario.

 

¡ABRIMOS EL SEXTO SENTIDO! y que mejor que hacerlo por una buena causa. La causa es la sonrisa de estas fotos. Se llama Marcos y tiene una enfermedad rara que se llama Sindrome de Angelman. No he encontrado, ni tampoco quiero, otro motivo mejor para inaugurar este espacio. Por él, por su madre, por su familia y por todos los niños que padecen esta enfermedad el PRÓXIMO DOMINGO 10 DE ABRIL DE 10 a 14.00 horas se organiza un mercado de YA NO ME LO PONGO. ¿de qué se trata? Se trata de recolectar cositas que ya no os pongáis o no uséis para después venderlas ese domingo en un mercadillo que organizaremos en la SALA DEL SEXTO SENTIDO en la Calle Carabeo 9 A de Nerja. Toda la colecta irá destinada a Marcos y su sonrisa cautivadora.
¿cómo podéis participar? Hay dos maneras de colaborar.
La primera, trayendo lo que consideréis aquí Calle Carabeo 9 A de Nerja antes del día 10 que se celebrará el mercadito. (Escribidnos un mensaje privado antes venir para confirmar hora y día, por favor).
Otra manera de participar es venir el domingo día 10 de abril por la mañana y comprar alguna cosilla a un precio simbólico.
Así conoceréis también el espacio, y tomaremos un té juntos.
Cualquier sugerencia o aportación está bien recibida.
Venid todos, artistas, artesanos, amantes del arte y las cosas bonitas, todos aquellos que queráis que este mundo sea un poquito mejor cada día, amantes de la naturaleza, creativos, creadores….ESTÁIS TODOS INVITADOS AL SEXTO SENTIDO.
os espero el domingo 10 de abril.
Cualquier sugerencia y aportación es bien recibida y os aseguro que Marcos os lo agradecerá locamente.
THE SIXTH SENSE OPENS ITS DOORS. And we have found a very good reason to do it. We want to dedicate this inauguration to Marcos, the little boy of this picture who suffers Angelman´s Syndrome. Marcos has plenty of life in his eyes and a smile that caotivates you.
On Sunday 10th of April from 10 to 14.00 hours, we will organise a little market in Calle Carabeo 9 A of Nerja. All the collected money will be destinated to Marcos, and his family, to help them to have a better life and quality of life.
What can you do to help? You can do two things. The first one is to bring something that you do not use any more so that we can sell it on this market for a symbolic price. Please bring your things before the 10th April (contact us before coming in order to arrange hour and day).
The second one is to come here the 10th April and buy something. We could also have some tea and we will be able to know each other.
I hope to meet you soon. Let´s change the world together!!!

Sorteo de fin de semana para dos personas en una maravillosa casa con vistas al mar en Nerja, Málaga

IMG_2112Hoy es tu día de suerte. A partir de este mismo momento, puedes ganar un magnífico sorteo de una estancia en una casa en régimen de alojamiento y desayuno para 2 personas en una maravillosa casa con vistas al mar en Nerja, Málaga.

Lo único que tienes que hacer es darle a ME GUSTA en la página de facebook de Libros de Marta Sarramián o seguirme en twitter (Marta Sarramián) y mandar una foto o prueba de que tienes en tus manos una de mis novelas, Lo que aprendí de un vagabundo, Tierra o A contracorriente. Puedes mandar una foto, un pantallazo de compra o descarga on line, lo que sea. ¡No olvides mandar también tu nombre y apellido y un contacto donde poder localizarte para comunicarte que has ganado!

Se realizará un sorteo al mes y lo podrás disfrutar los días que quieras siempre que el alojamiento esté disponible.

Los ganadores del sorteo se anunciarán en las páginas de facebook de LIBROS DE MARTA SARRAMIÁN, en la de Marta Sarramián o en Twitter de Marta Sarramián.

Si quieres descargarte online uno de mis libros, aquí te paso un enlace donde puedes encontrarlos. http://www.martasarramian.com/blog/2016/02/11/lo-que-aprendi-de-un-vagabundo-y-tierra-ya-en-ebook-y-kindle/

Te espero en Nerja. Traéte sombrero, protección solar y muchas ganas de pasarlo bien.

 

A fuego lento

El misterio de esta ciudad y su niebla traslucida me invitan a recorrer mundos ocultos, a recogerme para reírme, llorarme, amarme, enfadarme y reconciliarme.

Buscarme, perderme y encontrarme para volverme a reír. Para seguir viva y perdida por este eterno bagaje que me hace sentir latente.

Me busco y me encuentro y cuando ya me hallo, me vuelvo a perder para volver a empezar.

Cuanto más recorro, más soy consciente de todo lo que me falta por recorrer. Avanzo sin prisa pero sin pausa, sin demasiadas exigencias.

En mis pérdidas hallo mis limitaciones, mis vulnerabilidades que trato de esconder, para luego darme cuenta de que son ellas, mis propias debilidades, las que me hacen crecer, las que me hacen ser más grande.

En este cuerpo de metro sesenta se halla una llama viva, ardiendo cada vez más….esta vez a fuego lento.

No olvidéis que ya podéis comprar mis libros en formato Ebook, aquí os mando un par de enlaces…

Lo que aprendí de un vagabundo

portada

https://www.24symbols.com/public_page?token=VdnrtvbPWr8Khpbey&isbn=9788416646159

http://www.amazon.es/s/?search-alias=digital-text&field-keywords=B01985CHOY

http://itunes.apple.com/es/book/id1067233790

http://www.casadellibro.com/busqueda-generica?busqueda=9788416646159

Para Tierra,

tierra arte final

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Un abrazo a todos, nos seguimos contando