Estamos en racha

Hace tiempo, una noche de luna llena, me subí a la azotea a escribir. La brisa me traía ese olor a jazmines y damas de noche tan peculiar en esta tierra. La luna esa noche tenía ganas de hablar, de contar historias pasadas. El relato que salió ha sido premiado con un diploma por la cofradía de la dieta mediterránea en su Certamen de Relatos de la Dieta Mediterránea. En diciembre, se publicará en la revista Soria Salud junto con los otros ocho relatos ganadores.

Yo, me adelanto por vosotros y comparto en este medio para los que no lo podáis leer en la revista mi relato premiado. Aquí va. Un abrazo a todos.

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La curandera

El siete de marzo de 1937, Severino, el hijo primogénito de Gabina, cayó gravemente enfermo. Una fiebre constante y alta le hacía delirar, dejando su cuerpo empapado en sudor, entre estremecimientos y espasmos. La nieve de aquellos meses de invierno tenía asediados a los habitantes de aquel pueblo de la sierra, Carrascosa.

Gabina tenía miedo. Hacía un año que su marido había desaparecido juntos con otros jóvenes tras la capa blanquecina de la niebla, para luchar en el frente. Atrás quedaban siete retoños y un alma en pena. Desde entonces, el invierno se había instalado en su casa. Gabina estaba sola, en su particular guerra. Por eso rezaba sin cesar, pidiendo a Dios, a la virgen y a todos sus santos protección y arropo.

A las seis de la tarde de aquella noche oscura sonó la aldaba de la puerta entre el murmullo de los rezos de la madre y los lamentos susurrantes del pequeño. Gabina agarró el candil y se dirigió lentamente escaleras abajo. Al salir de la cocina, percibió el frío del resto de las estancias, un aire helador se adhirió a su joven, pero agrietada cara. Su mano temblorosa sostenía a duras penas el candil, cuya luz tiritaba dejando la habitación en una penumbra intermitente, que hacía más peligrosa la bajada de la estrecha escalera de madera. Gabina descendía agarrada con su mano derecha a la gruesa cuerda que hacía las veces de barandilla. La madera, contraída por el frío, se lamentaba quejumbrosa. Dio el último paso y alcanzó a pisar la fría piedra de la entrada. A medida que avanzaba, el hielo que descansaba tras la roída puerta, colaba su gélido aliento por las rendijas. La encogida silueta de Gabina se veía reflejada en las húmedas paredes que parecían derramar lágrimas congeladas a su paso. El negro y el naranja tenue teñían aquella escena. Olía a invierno. A humo y a escarcha. A llanto y desesperanza.

Gabina abrió la puerta, tras ella tiritaba una silueta pequeña envuelta en una manta. Felisa, la pastora, se había apresurado al monte en busca de una oveja descarriada. La noche se le había echado encima y era demasiado tarde para regresar a su casa. Pidió cobijo a Gabina quien, mirando al cielo, dio gracias a sus santos por haber escuchado sus plegarias.

El monte había regalado a Felisa el don de la sanación así como lo había hecho con su madre, la madre de su madre y todas las madres de las madres de su familia. Contaba Felisa que sus ovejas y la sabia naturaleza le habían enseñado todo lo que ella sabía. A los siete años se perdió en el monte una noche, estando de pastoreo. El frío comenzó a helarle las manos y los pies, ya no sentía las yemas de sus dedos. Sin dudarlo un instante, Felisa degolló una oveja y la abrió en canal para poder dormir en sus entrañas con el calor de su sangre. La vieja oveja y su ingenio le habían salvado la vida. Aquella noche glaciar, de inmensa soledad, en medio del infinito universo, su conexión con la naturaleza comenzó a cobrar sentido. La Madre Tierra le habló, transmitiéndole conocimientos y remedios que nadie más conocía. Y Felisa, que había heredado ese don de su madre, de la madre de su madre y todas las madres de las madres de su familia, comenzó a sanar.

El siete de marzo de 1937, el viento trajo a Felisa las súplicas de Gabina. Subieron a la cocina, se acercó al pequeño, tocó su frente, miró sus ojos y la palma de sus manos. -Este hijo no está para morir, si es lo que temes. En tres días, sanará- afirmó con rotundidad. Ella sabía cómo hacerlo.

Pasaron tres días al calor del hogar, mientras Felisa cantaba y contaba historias de bosques y tierras, de penas y glorias. Tradiciones y costumbres. Cuentos y chismorreos. Algunos reales, otros inventados. Aquella mujer rellenita y risueña parecía venida de otro mundo ajeno a aquella guerra, a aquel frío. La profundidad de sus ojos, su penetrante mirada y la expresión de su rostro, iluminaron la estancia. Las palabras de Felisa resonaban en las paredes que habían secado sus lágrimas congeladas. El gélido aliento del hielo se había evaporado y toda la casa dejó de oler a invierno. Ya no olía a humo ni a escarcha. Tampoco a llanto ni a desesperanza.

El diez de marzo de 1937, Severino se curó. Nunca más sentiría el frío corriendo por sus venas.

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Finalista VIII Premio Internacional Relatos de Mujeres Viajeras 2016

Hoy tengo el gran placer de contaros que he sido finalista en el VIII Premio Internacional Relatos de Mujeres Viajeras 2016, en el que se han presentado más de un millar de relatos de todo el mundo.

Se llama Filtros, aquí lo comparto con todos vosotros. A disfrutar.

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Filtros.

La luz de Tombwa es particular, de esas vergonzosas que se esconden tras el manto blanquecino de las nubes, creando una luz monótona y con efecto somnífero para quienes viven allí. La perspectiva se convierte en la mirada estrecha que queda en los ojos entreabiertos, como si éstos solo quisieran mirar de frente, cerrar su ángulo de visión y enfocar lo verdaderamente importante. Es ese cielo, que cubre el desierto de Angola en sus costas, el responsable de todo. Parece que ya no quiera mirar más, que quiere ceder a la imagen un color apagado y mate que no da lugar a juegos de luces y sombras.

Me acabo de despertar y siento como si en mis ojos me hubieran puesto un filtro que mata lentamente las tonalidades más atrevidas, dejándolas silenciosas. Quizá antes de aquella guerra absurda que revolvió el país durante más de veintisiete años, los colores brillaban libremente por este paraíso marchito, pero hoy la luz se ha vuelto monótona y aburrida, e ilumina las mañanas y las tardes con la misma intensidad.

Cierro los ojos de nuevo para acostumbrarme a esta densidad blanquecina. Al escenario borroso, hay que añadirle toda una amalgama de olores de pescado. El fresco olor a salitre, adherido a las escamas de los peces que aún coletean en las redes, se mezcla con la fuerte pestilencia del pescado seco que cubre las calles de Tombwa, y sirve de hogar al ejército de moscas que vuela a su alrededor. En las redes posan todos los rostros de la descomposición.

Salgo a la calle para inmortalizar lo que ya está muerto. Las casas, herencia de la decadencia que sufrió este país cuando muchos portugueses lo abandonaron precipitadamente por la inminente guerra, se mantienen dignamente levantadas con el rostro triste y empobrecido de un hogar que no se habita. Tras sus paredes rasgadas, se intuyen los colores vivos de una casa colonial. Sus verjas oxidan recuerdos y lloran hierro al sentirse desoladas.

Tombwa es el escenario triste de la supervivencia de unos cuantos ancianos, mujeres y niños a la sádica e irracional guerra que rasgó el país de cuajo. Faltan hombres y sobran agujeros de bala donde quiera que mires. Allí, el tiempo parece detenerse a cada minuto, solo el ritmo lento e imperceptible de sus habitantes vienen a recordarme que el sol continúa girando. Sin embargo, contra todo pronóstico, este lugar se convertiría en el plató más peculiar para acoger una de las mejores historias de mi vida de cooperante. Un pasado que marcó mi presente.

Esa misma mañana, cuando colgaba en mis hombros mi cámara y deambulaba ansiosa por congelar una imagen buscando realidades, me tropecé de frente con quien me abriría los ojos. Me llamo Joaquim Machalombo, me dijo. Y el azabache de sus ojos penetró en mí de manera tan profunda que pude sentir a mi corazón dando un vuelco. A sus diecisiete años, tenía una fuerza arrolladora y un magnetismo especial que arrastraba a todo aquel que encontraba. Su mirada escondía la inocencia de una niñez truncada y la esperanza de un alma pueril y sin maldad, que vivía atrapada en un cuerpo enredado. Sus piernas eran un ocho y sus brazos se torcían hacia afuera como queriendo irse de allí. Una enfermedad le había dejado acurrucado y postrado en aquella silla rudimentaria, hecha por su abuelo con algunos materiales que había ido recogiendo a lo largo de los años. -Dale a un africano un coche viejo y te lo arreglará, dale uno nuevo y te lo estropeará-, me habían dicho mis amigos angoleños en días anteriores. Miré a la silla, frente a mí se hallaba la prueba más evidente de que aquello era verdad. Joaquim amarraba su oxidado manillar para hacerlo girar y poder avanzar a duras penas a través de las calles arenosas del desierto. Quise ayudarle. Él me miró sonriendo y me dijo que no hacía falta. Ya estaba acostumbrado y cuando se cansaba tenía un séquito de niños que correteaban tras él para empujarle. A paso lento comenzamos a recorrer las calles de Tombwa, para descubrir a través de sus ojos el lugar que le había visto crecer y que, muy probablemente, le vería morir.

La arena, testigo chivato de nuestros pasos, delataba las huellas de unas botas que caminaban paralelas a los dos pequeños surcos que formaban las ruedas de la silla y a las decenas de pies diminutos de todos los niños que nos seguían. Avanzábamos despacio, el paisaje parecía aguardar nuestros pasos, mientras Joaquim con su sonrisa intermitente y su voz profunda y fuerte improvisaba canciones que me contaban su historia.

Con el caminar sereno, repleto de poesía, llegamos a su casa, alzada con cuatro paredes de hojalata. Entramos. La oscuridad invadía el interior. Cuando mi vista comenzó a acostumbrarse a la penumbra, pude intuir un catre donde dormía encorvado un anciano. Era el abuelo de Joaquim. A su lado yacía lánguido otro catre donde dormían tres niños. El resto descansaba en el suelo. Joaquim avanzó un poco y me invitó a sentarme frente a su abuelo, quien a su vez se incorporó con el gesto sumiso y humilde de quienes creen que nada merecen. Sus ojos miraban al suelo. A pesar de no tener ninguna marca en su rostro, se podían percibir claras y transparentes sus cicatrices de guerra y las huellas del sufrimiento de una familia de nueve hijos, desgarrada por la absurda avaricia de aquellos que intercambian dinero por vidas humanas. El abuelo me sonrió, y aquella sonrisa llenó de luz la habitación. Era él quien se había quedado a cargo de sus cinco nietos supervivientes de la guerra. Los otros hijos y su padre fueron arrastrados a luchar y nunca más regresaron. La madre había muerto de pena, según contaba el abuelo. Me relató paso a paso las penurias que habían tenido que afrontar, el desaliento y el hambre. Puso palabras al miedo y a la desesperanza. Sin embargo, tras su cruda historia se escondía un alma alegre, tenaz y superviviente que había tratado de encontrar entre aquel escenario bélico lo más puro de vivir.

El abuelo había aprendido a disfrutar de lo pequeño, de lo casi imperceptible. Así se lo había trasladado a sus nietos. Como profesor de escuela que había sido, amaba las letras y las palabras y esa pasión se palpaba en Joaquim, quien había heredado el mismo amor, la misma pasión y había aprendido a ponerle música a su vida.

Salimos fuera, Joaquim me mostró un trocito de tierra que para mí no significaba mucho, sin embargo, para él, ese pedacito era donde trazaba sus sueños. Su abuelo le había enseñado a escribir. Como pizarra, aquel suelo de arena y como tiza, un palo. Me quedé mirando aquel anodino cuadrado y comencé a imaginar a Joaquim deslizando su cuerpo para escribir unas letras, pisando la tierra para pedirle inspiración al aire. Pero Joaquim no necesitaba inspiración, era de aquellas personas que viven siempre conectados a esa extraña energía. Tenía la capacidad de lanzar susurros al cielo y éste parecía responderle con la inspiración divina. Pude salir de mi perplejidad al escucharle cantar y recitar poesías. Qué dulzura en medio de aquel lúgubre ambiente que tanta desgracia había acogido. Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta caer a la arena, a su pizarra. Y Joaquim, supo convertir mi llanto en un canto de esperanza. Se sentó en el suelo y con aquella gota dibujó un árbol de donde salían flores.

¿Ves? Me dijo el abuelo, sólo es cuestión de apreciar lo pequeño.

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 Si queréis comprar el libro, sólo tenéis que cliquar aquí y ya es vuestro.

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Yo ya tengo el mío y es una delicia.

 

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Cinco segundos.

Cinco segundos es el título del relato ganador de la XVI edición del Certamen Literario de Relato corto, La Aventura de Escribir. Ayer tuve la suerte de celebrar mi primer premio junto con Carmen María Sabio Moreno y Antonio Manuel Martín Acosta, primer y segundo accesit. Todo un honor compartir con vosotros.

Muchas gracias al jurado y, especialmente, gracias y enhorabuena a La Aventura de Escribir por vuestra tremenda labor y enhorabuena a todos los participantes. Cada vez que se crea una historia haces a la gente navegar por nuevos mundos.

Aquí van mis palabras que ya son todas vuestras.

Cinco segundos.

Dicen que la vida pasa en cinco segundos, el mismo tiempo que tardó en precipitarse al vacío el ascensor en el que iba montado aquella mañana de invierno. Había salido rápido de casa y mis pensamientos recorrían uno a uno todo lo que tenía que hacer ese día. Llevaba, como solía hacer, los ojos abiertos, pero aquellos ojos no veían nada, sólo lograban vislumbrar los oscuros e incesantes pensamientos que habitaban en mi atormentada mente. En mi tenaz obsesión por poseerlo todo, el temor a perder todos los bienes acumulados había convertido mi vida en una sucesión de hechos de los que no tenía el control. Vivía junto con mi mujer y mis dos hijos en un ático situado en la décima planta de un edificio con vistas al Retiro.

Aquella mañana, como tantas otras, salí de mi casa para ir a trabajar. El ascensor estaba abierto, de modo que entré, pulsé el cero y se cerraron las puertas. De pronto se quedó parado, como si se estuviera preparando para su último descenso. Las luces comenzaron a parpadear hasta quedar completamente a oscuras. Mis ojos, esta vez más abiertos que nunca, intentaban vislumbrar qué estaba sucediendo, mientras mis manos tanteaban las paredes buscando desesperadas el botón de emergencia. Con un dedo tembloroso conseguí pulsarlo. Permanecí un rato en silencio, esperando alguna señal que indicara que todo volviera a su cauce. El silencio sepulcral y la más negra de las oscuridades comenzaban a angustiarme. Oí el gemido seco de una pieza que se desquebrajaba y acto seguido, otro rugido metálico. El gancho se había desprendido de la armadura. Entonces lo tuve claro. Y como el que se prepara para el vertiginoso descenso de una atracción de feria, me acuclillé y me agarré al suelo de aquella caja metálica, fría y oscura que me conducía rápidamente a los sótanos de mi existencia. Aquel iba a ser nuestro último viaje. Cinco segundos hacia un destino inesperado y desconocido.

En el primer segundo, ante la certeza de mi muerte frente a mi absurda existencia, lancé un grito desgarrado que contenía todos los nombres de aquellos a los que había amado y todos los buenos momentos vividos, atisbos de una felicidad efímera. Me trasladé a mi infancia de zapatos ajados y bicicleta verde, de risas de amigos en aquel pueblo que había dejado de visitar hacía unos años. Frente a mí, discurrieron aquellas tardes en el plantío a la sombra de unos chopos, el fresco olor de sus hojas y su delicada música. Entraron en escena las voces cantarinas de las mujeres al ritmo de unas manos que frotaban la ropa contra la piedra y sentí el olor a sosa del jabón casero. Olí, también, por última vez el suave perfume de la hierba mojada después de ser bañada por la lluvia, y la frescura de los naranjos en flor en aquellas primaveras que parecían eternas. Y como un niño, sentí las caricias de mi madre y sus brazos que me mecían consolándome las penas. En ese balanceo llegué a mi pubertad de ligues, fútbol y verbenas, a mis primeros cigarrillos y borracheras. Vino a mis labios la torpe suavidad del primer beso, y un dulce cosquilleo me subió desde las tripas, como cuando veía a Carmen, la vecina del quinto que tanto me gustaba.

En el segundo segundo de mi último viaje, rocé mi adolescencia llena de descubrimientos y novedades. Mis primeros escarceos con los placeres de Venus, el aliento de un orgasmo, el olor a pubertad incandescente de un gimnasio, la dulzura amarga de mi primera resaca, el sabor grisáceo de un cigarrillo y la certeza absurda de una condición inmortal inexistente.

En el tercer segundo, mientras atravesábamos la primera planta a la velocidad de la luz, yo llegaba a mi juventud para comerme el mundo a bocados entre universidades, sueños y grandes ideales. La joven rebeldía ante un sistema que no encaja. Con aires de grandeza, pintaba de verde brillante los barrotes de una sociedad obsoleta y oxidada que me estaba encarcelando. Mi rostro rejuveneció al evocar todas las ilusiones que corrían por mi corazón veinteañero. Tenía algo por lo que luchar. Y me detuve un momento para recordar el dulce sabor de un sueño que te hace sentir vivo.

Después del tercero, llegó el cuarto, pero éste vino vacío. Ningún recuerdo. Ni una sola sensación. Ni siquiera un atisbo de lo que podía haber sido y nunca fue. Una luz incandescente y brillante me trajo la evidencia de que el día de mi muerte no iba a ser aquel día en el que me precipité al vacío, sino que fue mucho antes, en el cuarto segundo, cuando casi a mis escasos treinta años había dejado de soñar para dejarme llevar por mis miedos, haciéndome permanecer encerrado en un sinsentido monótono de días y noches en los que había dejado de creer y sentir. Fue entonces cuando mis ojos se cegaron y ya no supe ver de qué color era el mar cuando llovía. La sonrisa permanente de mis veinte se borró dejando paso a una expresión áspera, rígida y perpetua que reflejaba mi estado. Mi rostro acogió una lágrima que atravesó mi mejilla hasta llegar a mis labios. Agua salada con el sabor amargo de lo que quise haber hecho y nunca realicé.

Y en el quinto, llegó el golpe. El estruendo se sintió por todo el edificio y el polvo desenfocó la vida que sucedía allí afuera. Cinco segundos de oscuridad y encierro que me hicieron entender que me había equivocado. Sin embargo, ya no había marcha atrás.

Lloré como un niño y mis ojos se cerraron queriendo ver lo que antes no veían. La luz vino a buscarme para liberar mi alma. Ante mí, discurrieron de nuevo los maravillosos atardeceres en una playa, la amalgama de colores de un amanecer, los campos floridos en primavera, la nieve de las montañas cubriéndolo todo, el arcoíris perfecto después de un día de lluvia, la mirada de mi mujer susurrándome te quiero y la sonrisa de mis hijos perfilada en sus labios. Y una última lágrima atravesó la mejor de mis sonrisas. Mi madre vino a buscarme para mecerme en sus brazos como lo hacía de niño, mientras la negra sombra se colaba entre las luces.

Y me alejé dejando el cuerpo de un hombre ciego entre un amasijo de huesos rotos, sangre, hierro y muerte en vida.

Cinco segundos. Solo pasaron cinco segundos.

Marta Sarramián

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GRACIAS. Estos reconocimientos en un área tan difícil como es la literatura impulsan y motivan para seguir adelante.

Enhorabuena a La Aventura de Escribir por su tremenda labor.

 

La vida es cuento…

Hace un tiempo decidí tomarme la vida más en broma, pero para ello, tuve que pasar por habérmela tomado en serio, muy en serio, casi como si fuera importante y como si mi destino estuviera en mis manos. Después de varios batacazos contra la pared, puesto que uno solo no me sirvió de aprendizaje, me di cuenta de que lo que tenía que hacer era rendirme.

Y aquí estoy, rendida a mi vida, y por fin sonriente, porque todo esto no es más que un cuento, una historia de libro que vendrá adereza con los personajes que se crucen en nuestro camino y contada cómo cada uno de nosotros queramos contarla. Podéis darle un toque dramático o incluso poner tragedia, hay quienes le ponen queja y otros que parecen sumidos en ella hasta las profundidades de la desesperación. Yo, he decidido hacer las cosas bonitas y poner belleza hasta en mis días tristes  para encontrar un sentido a todo esto.

El día que decidí vivir del cuento y reírme hasta de mis penas, nació lo más bonito que llevaba dentro. Empecé a crear cuentos personalizados por encargo. Ese mismo día nació “EL BÚHO GILIBERTO y la caja de los lugares mágicos”.

PORTADA

 

 

 

 

El Búho Giliberto y la caja de los lugares mágicos habla de perseguir sueños y luchar por lo que se quiere. Trata también la tolerancia y la apertura de personas con otras capacidades funcionales.

Y detrás del búho vinieron tantos otros. A algunos de ellos les guardo un gran afecto, por aquellos a quienes iban dirigidos, como Denis y la charanga revoltosa, Diego, Celia y el tractor Koloham, o Elena y Javi, pilotos de altos vuelos.

Denis y la charanga revoltosa

 

 

 

 

“Denis y la charanga revoltosa”, es un cuento muy especial para un niño llamado Denis que ama la música. Ensalza los valores de la obediencia y el trabajo en equipo.

Diego, Celia y el tractor Koloham

 

 

 

 

Diego, Celia y el tractor Koloham está dedicado a dos lindas criaturas que pasan muchos días en el campo en contacto con la naturaleza. Ensalza valores como el respeto a la naturaleza, la creatividad y el reciclaje.

Elena y Javi, pilotos de altos vuelos

 

 

 

 

Elena y Javi, pilotos de altos vuelos, es un viaje a la imaginación, al interior y a lo etéreo. Me divertí como loca escribiendolo y volando con ellos.

Guardo todos los cuentos que he escrito hasta ahora en mi saco de recuerdos y cada vez que los leo, (porque yo me quedo con una copia por supuesto), una sonrisa se escapa de mis labios y mis ojos se entornan como cuando era niña.

No los puedo colgar en la red porque todos y cada uno de ellos son personalizados y quiero guardar esa autenticidad para quienes fueron escritos. Estaré encantada de escribiros uno a vosotros o para quien vosotros queráis, sólo tenéis que pedirmelo en info@martasarramian.com y empezaré a crear.

Quiero seguir volando con vosotros, colarme en vuestras historias, deslizarme por vuestros sueños, andar en bicicleta por los campos verdes, caminar descalza y saltar los charcos, mojarme bajo la lluvia, oír el viento acariciar los árboles. Quiero crear belleza para vosotros y sacar al niño que todo llevamos dentro.

 

Quiero hacer con todos vosotros el viaje más bonito jamás imaginado.

¿os venís?

Sólo tenéis que escribirme a info@martasarramian.com o buscarme en facebook en Marta Sarramián.

Cuentos, historias, memorias o relatos, lo que tú desees…

¡Vamos a vivir del cuento!

La vida es cuento, cuéntame el tuyo info@martasarramian.com

Laura y Gus

 

 

 

 

 

 

Realidad y vacío

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REALIDAD Y VACÍO

El vaso estaba vacío. A pesar de ello, él se empeñaba en verlo medio lleno.

Impetuoso y persistente se negaba a rendirse.

Ya no había nada que hacer, había agotado todas sus posibilidades.

Sin embargo, él buscaba la última gota de un vaso que nunca estuvo lleno.

hoy soy

Soy dos en uno y uno en dos,

Soy el todo que se transforma en nada y la nada que todo lo llena.

Soy misión y aprendizaje.

Soy eterna nómada por las llanuras de un ser,

Infinita capacidad de aprender,

Incesante indagadora.

VOZ Y PALABRA,

fuerza y poder,

alegría y garra.

 

Soy principio y fin,

Principio de mi fin y fin de mis principios.

Creación y destrucción,

vacío que busca llenar.

 

Soy lo que quiero creer y lo que quiero crear,

Soy lo que creo,

Desarrollo y evolución constante,.

Sabiduría inacabada.

Soy armonía inquieta en aparente tranquilidad,

Curiosidad in crescendo.

Aprendizaje continuo,

resultado de mis pensamientos,

consecuencia de lo que proyecto.

Noche en mis días, día en mis noches.

Soy dar incondicional,

Generosidad egoísta,

Duda sin respuesta.

Si o no, depende,

 

Soy ángulo en el cuadro, encuadre en la imagen,

Soy la imagen que encuadro.

Soy música que suena y oído que escucha,

Soy la percepción del lenguaje de tus sombras,

El sabor de la esencia al natural,

El tacto rugoso o suave.

 

Camino serpenteante con paradas discontinuas,

Tierra arraigada a las entrañas del alma,

Fuego enclavado en los confines del planeta,

Agua efervescente en los geiser de mi ser,

Aire huracanado que todo lo disuelve.

Madera y metal,

Frío y calor.

Soy por siempre y para siempre aunque no te vuelva a ver.

 

Esto es lo que soy hoy,

si lo preguntas mañana, otra respuesta obtendrás.

pide un deseo

10644811_10152671642671011_1024269713580053428_n“En el país del caballero barbudo todo sucedía al revés. Los caballos corrían por el mar, los delfines con alas sobrevolaban las montañas, los gnomos eran gigantes perversos que hacían el mal y el hada madrina un ser malvado sin varita mágica.

Todo sucedió un día en que Aladino llegó allí con su lámpara mágica tras el naufragio del barco en el que navegaba al mundo de nunca jamás. Era un lugar tranquilo y hermoso. Anduvo por la playa hasta encontrar al caballero barbudo que era tan malvado que no tenía nombre y como era la única persona a quien se había topado en muchas horas, Aladino decidió darle una oportunidad para cambiar.

-Te concederé un deseo- le dijo Aladino.

-¿sólo uno? -se quejó el caballero barbudo.

-Sí, sólo uno, pero ese deseo puede cambiar tu vida -contestó Aladino.

-Deseo que todo se vuelva al revés para mi beneficio -solicitó el caballero pensando que así podría suplantar al rey y gobernar el país.

-¿Ese es tu deseo? -preguntó paciente Aladino.

-Sí -respondió el caballero con firmeza-. Así todos estarán tan desorientados que me harán caso, tendré el poder.

-¿Estás seguro? -insistió Aladino.

-Sí -volvió a responder el barbudo -.¿A qué estás esperando? Te ordeno que lo hagas .

-Muy bien, haré realidad tu deseo.

Y así fue como todo se volvió al revés. Un país tan descontrolado que el caballero nunca fue capaz de gobernar”.

SOY

10488028_670282953038377_7858944746092296560_nAyer en el taller de DESPERTAR LA CREATIVIDAD salió esta maravilla. Si os animáis os espero a todos los miércoles de 19,30 a 21,30 horas en el Aula 8 del Centro Giner de los Ríos, Nerja.

“SOY la que aprendió a crecer, la niña que siempre fui,
soy alma y soy mensajera,
soy el canto loco de un ruiseñor, soy el ruiseñor que un día cantó y partió volando,
soy el vuelo de tus alas, soy las alas que despegan,
soy el aterrizaje de un cuerpo y el cuerpo que todo siente,
soy sentimiento contenido, soy continente de un sentir,
soy, soy, soy,
aunque a veces no lo sienta,
aunque a ratos me piense,
soy fluir y soy camino,
soy estanque en ocasiones, y piscina azul turquesa,
soy el agua que la llena,
soy corriente, soy marea,
soy el mar que mis pies moja,
soy la huella en el desierto y el desierto es mi destino,
soy destino y torbellino,
soy amante, soy bandida.
Soy la que busca tus besos, la que añora tus abrazos,
la que te consiente en sueños,
soy tu sueño y tu letargo,
soy amanecer inquieto,
soy todo TÚ entre mis brazos.”

Luna que me mueves…

El pasado viernes se celebró en Nerja el Foro de la Luna llena con artistas invitados para festejar bajo su influjo. Me gustó participar y sentir la luna mirándonos mientras le  recitábamos despacio al oído.

Aquí os dejo un poema que me inspiró esta luna de julio.

 

Son mis ojos que te miran

pero eres TÚ quien me atrapa.

solo tú me magnetizas,

como lo haces con el agua.

 

Infatigable corriente.

Mueves las mareas de mi quieto océano,

Ondeas mis mares de luces y sombras,

fondeas mis sueños,

mis miedos reflotas.

 

Tiemblo.

Lloro.

Caigo.

y gimo.

 

Se despierta la noche y me duermo en tus brazos,

en un sueño inquietante que me hace temblar.

Penden mis hilos de tus invisibles manos,

y mueves con antojo la fuerza de mi ser.

 

Arriba.

Abajo.

A un lado.

A otro.

 

Me caigo

Me levanto

Me vuelvo a enderezar.

Y cuanto más me enfado, más te viene a ti la risa,

gritas a carcajadas al descubrir mi torpeza.

Desmañada marioneta que se resiste a caer.

Sin control y sin fuerza,

me desplomo de nuevo,

mas tu caprichoso antojo

tira otra vez hacia arriba.

 

Soy mar donde no hay agua.

Desierto en pleno vergel.

Soy río a contracorriente.

Soy luna y sol a la vez,

Día que quiere ser noche,

noche que encuentra la luz.

Día y noche, noche y día.

Infinita contrariedad.

Paralela energía.

Oscura. Brillante.

 

Tiemblo.

Río.

Canto

y gimo.

 

Hasta que,  por fin, COMPRENDO,

y caigo en tus brazos rendida.

Eres tú la que maneja las hebras de mi presente.

Para perder mi control

Para rendirme a tu influjo.”

 

A la luna de julio.

Nerja, julio 2014.

dos ranas y un milagro

Dos ranas iban paseando por la frondosa selva cuando inesperadamente cayeron a un pozo, el resto de ranas al ver lo hondo que era, entraron en pánico y comenzaron a gritarles que se rindieran, puesto que por mucho que lo intentaran, nunca iban a lograr salir de allí.

La primera, obediente, complaciente y sin capacidad de decisión, hizo lo que las ranas le decían sin cuestionarse nada. Desistió en seguida y se dejó llevar hasta el dulce reposo de la muerte.

La otra, sin embargo, persistente, luchadora y resuelta, decidió probar suerte. Procuró tranquilizarse y pidió un milagro que la sacara de aquel pozo oscuro, húmedo y frío que le había engullido. Rezó y rezó porque de nada servía perder sus fuerzas en intentar salir de allí con sus propias ancas. Sus amigas la observaban desde arriba, rogándole que lo dejara porque ya nada podía hacer, pero la rana desoyó aquellas palabras que le estaban debilitando. Decidió resistir y confiar.

De pronto comenzó a llover torrencialmente y todo empezó a inundarse, el suelo de la selva se anegó tanto que el agua se escurría por las paredes del pozo. Éste se fue llenando poco a poco hasta hacer que la rana consiguiera salir a la superficie.  Ella al verse liberada saltó y saltó y todas sus amigas lo celebraron atónitas, mientras que el cuerpo de la rana rendida flotaba inerte en el agua.

¡Sucedió el milagro y las ranas aprendieron a no rendirse jamás!